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Adiós a un mito, adiós a Gene Wilder

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Apartado de las pantallas desde hace años y aquejado de la terrible enfermedad de Alzhéimer, Gene Wilder nos dejaba haciendo poco ruido, casi algo inconcebible en un actor que durante décadas hizo reír a carcajadas a más de una generación.

Con sus ojos saltones, su pelo indomable y sus exagerados gestos no era, desde luego, el típico galán de película, más bien lo contrario. Pero ha dejado una gran huella, una huella inolvidable. Mucho más allá de ser un simple actor, Gene Wilder fue todo un genio del celuloide: guionista, productor y director, además de actor. Una figura que ha dejado su marca en la historia del cine.

Inolvidable su papel en una disparatada parodia del cine de terror como El jovencito Frankenstein. Quizá la película con la que todos le hemos identificado siempre y que le valió una nominación al Oscar a mejor guion adaptado junto a su casi inseparable Mel Brooks. Con él trabajó en unas cuantas películas más, como El hermano más listo de Sherlock Holmes o Sillas de montar calientes.

Pero Wilder, mago de la comedia, protagonizó otros muchos largometrajes hilarantes, absurdos y siempre deliciosos. Uno de los más divertidos por lo increíble de la situación que trataba fue No me chilles que no te veo, que trataba las disparatadas aventuras de un ciego y un sordo.

Y también protagonizó películas que más tarde tendrían una secuela moderna. Gene Wilder fue el chocolatero Willy Wonka en Un mundo de fantasía ¿De qué suena ese nombre? Si decimos que más de 30 años después habría una adaptación protagonizada por Johnny Deep llamada Charlie y la fábrica de Chocolate, seguro que nos situamos.

En definitiva, se ha apagado una estrella en el firmamento artístico, una de esas estrellas que al mirarla siempre nos hacía sonreír aunque no tuviésemos ánimos para ello. Se ha apagado, pero Gene Wilder siempre conseguirá protagonizar grandes recuerdos de tarde de cine y palomitas.

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Los más terroríficos muñecos de cine

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Han protagonizado muchas de nuestras más terribles pesadillas, muñecos que por nada del mundo tendríamos en nuestra habitación y evidentemente con los que jamás jugaríamos ¡como para enfadarles! Nada de simpáticos ni de tiernos, hay muñecos que han hecho historia en el cine de terror.

Sin duda, el más conocido es Chucky, ese muñeco diabólico que consigue estremecernos con solo ver su imagen en pantalla. Con sus ojos saltones, su peto lleno de sangre y casi siempre con algún arma en la mano es, sin duda, el rey de los muñecos, terroríficos, claro. Y, por supuesto, no hay que olvidarse de su compañera, la nada dulce Tiffany. Ambos consiguieron aterrorizar a toda una generación que es incapaz de mirar un muñeco pelirrojo sin echarse a temblar.

Muchos de los que han visto Poltergeist quedaron casi traumatizados por uno de sus personajes secundarios. El payaso que parece en la película no tiene nada de divertido, contemplar como ataca sin piedad al pequeño protagonista de la cinta sigue dejando sin respiración. Por supuesto, hay quien odia las figuras de payasos desde que la contempló.

Hablamos ahora de uno de esos muñecos de ventrílocuos que no hacen precisamente gracia. Inconfundible con sus terroríficos ojos rojos y sus mejillas adornadas con espirales del mismo color, hacía de mensajero de un asesino en la película Saw. El mensaje, evidentemente, no era nada agradable.

Y para seguir con la familia, su hermano Billy, protagonista de Dead Silence no era mucho mejor. Si en vez de muñecos hubieran sido humanos, habríamos dicho eso de que la maldad la llevaban en la sangre.

Acabamos con una muñeca de dulce nombre y terribles actos. Hablamos de Anabelle, protagonista de El conjuro. Una muñeca poseída por un malvado espíritu. ¿Lo más curiosos? Que la película se basó en hechos investigados hace años por dos reconocidos parapsicólogos y que la muñeca existe de verdad… convenientemente encerrada en una urna, eso sí.

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Teatro alternativo en Madrid, un fenómeno en auge

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El teatro alternativo ha vivido un verdadero despegue en los últimos años y la capital española no ha sido ajena a este fenómeno. Nuevas salas, una oferta en cartelera mucho más amplia y variada y un público que cada vez se acerca más a las salas, por convencimiento o simple curiosidad.

El teatro independiente ha conseguido así abrir brecha en el panorama cultural y se ha consolidado como una de las grandes alternativas culturales y de ocio para todos aquellos que visitan Madrid y, por supuesto, para los habitantes de la capital y de toda la Comunidad.

Entre los espacios consolidados destacan salas como El Montacargas. Una sala en la que desde hace tiempo tiene cabida no solo el teatro, también la danza, los espectáculos para público infantil e incluso el cabaret.

Teatro independiente, alternativo y, en ocasiones, con potentes patrocinadores, como es el caso de la Fundación Obra Social de Caja Madrid y La Casa Encendida. Hablamos de un amplio centro cultural en el que todo lo relacionado con artes escénicas de vanguardia también tiene un papel destacado.

Incluso salas tradicionales muy consolidadas han decidido ceder espacio y escenario a obras alternativas. Es el caso del “Off” de la Latina o el del Teatro Lara, donde las obras se representan en una sala más reducida del edificio. Obras que en algunos casos han tenido tan buena acogida que se han acabado representando en la sla principal, como el caso de La llamada.

Muy distinto es el concepto de Microteatro por Dinero. En este caso todo gira en torno a representaciones de apenas unos minutos de duración que versan sobre un mismo tema y representadas en espacios muy pequeños. El espectador decide cuántas obras desea ver y paga según el tiempo que pase en el teatro. Ejemplo de vanguardismo y de adaptación. Lo que fuera un burdel hoy es espacio cultural.

Pero la posibilidad de elegir es muy amplia. La capital cuenta con numerosas salas de teatro alternativo: la Sala Samotracia, Teseo Teatro, La Pensión de las Pulgas, el Escondite Teatro…

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Segóbriga: teatro clásico para los más jóvenes

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Demostrar que el teatro clásico no es solo para adultos, al menos no exclusivamente, es un reto que nació hace muchos años tras una visita escolar a las ruinas de la ciudad romana de Segóbriga, en Cuenca. La idea la tuvo un profesor de secundaria, Aurelio Bermejo, que seguramente nunca imagino que lo que nació como una iniciativa modesta llegara a cumplir nada menos que 33 ediciones.

Pero así ha sido, demostrando que es posible acercar el teatro más clásico a las mentes más modernas. Que la tecnología no tiene por qué impedir disfrutar de lo mejor de la tradición grecolatina. Que a pesar de los dispositivos electrónicos las mentes más jóvenes pueden ser receptivas a algo, en principio, tan poco atractivo para ellos como es el teatro clásico.

El reto no era sencillo. Para atraer a los jóvenes era necesario ofrecer una visión atractiva de del teatro griego y latino. Obras de grandes autores, una puesta en escena llamativa en un entorno de lo más apropiado y un trabajo previo en las aulas ayudaron a que esta iniciativa no solo cuajara, sino que se fuera ampliando años tras año.

Hoy en día el Festival de Juvenil de Teatro Grecolatino de Segóbriga es pionero y modelo de iniciativas que se han extendido a lo largo y ancho del país y que han llegado a puntos como Mérida o Itálica. Gracias al ejemplo de Segóbriga cada año son cerca de 100.00 escolares españoles los que disfrutan de las obras clásicas más importantes en las distintas sedes que esta iniciativa tiene ya repartidas por el territorio español.

Y lo mejor de todo es que los chavales no solo son meros espectadores, sino que participan activamente en la producción de las obras. Grupos de teatro jóvenes que son un verdadero ejemplo y que ayudan en una tarea tan difícil como conseguir transmitir todo el sentimiento, tanto de tragedias como de comedias clásicas, que quizá de otra manera sus compañeros no llegarían a apreciar nunca.

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PREDICAR CON EL EJEMPLO

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Lo dicen por activa y por pasiva, lo explican, ponen ejemplos, piden encarecidamente que se tenga mucha precaución. Y lo hacen los psicólogos, la policía y hasta los políticos. Oímos por todas partes que hay que hacer un uso responsable de las redes sociales y que hay que transmitírselo a los hijos, enseñarles a utilizarlas con cabeza para evitar consecuencias muy desagradables.

¿Pero por qué los adultos no predican con el ejemplo? ¿De qué sirve que digamos a nuestros hijos que tengan cuidado, que no chateen con desconocidos, que no cuelguen fotos si es lo que nos ven hacer continuamente a nosotros?

Cualquier padre está orgulloso de sus hijos y quiere que el mundo lo sepa. Antes se llevaba la foto en la cartera y se enseñaba el álbum quien nos visitaba. Ahora no, ahora colgamos las fotos de nuestros retoños continuamente, miles de fotos: sus hazañas, sus sonrisas, con papá, con mamá, en el columpio, camino de la guardería, comiéndose un helado…Y lo lanzamos al mundo sin más. Claro, que seguro que si vemos a un desconocido haciéndoles esas mismas fotos en la calle amenazamos con denunciarle, porque es menor y está protegido.

¿Pero quién protege a los niños de las irresponsabilidades de sus propios padres? ¿Sabemos el uso que se puede hacer de las fotos de los menores que sus progenitores cuelgan en la red o envían con sus móviles? Es, al menos, para meditarlo, porque en el mundo de Internet todo es posible y, si lo ponemos en bandeja, cualquier imagen puede ser utilizada de manera fraudulenta sin que tal vez lleguemos a enterarnos nunca.

Y es más, dentro de unos años, ¿cómo explicarle a ese niño que no es conveniente que suba fotos y más fotos, que no se puede colgar todo lo que a uno se le pasa por la cabeza? Si el niño contesta al padre con un sencillo ¿Y por qué lo hacías tú? ¿Qué se le puede decir?

Lo dicho, que si queremos conseguir algo, lo mejor es predicar con el ejemplo y utilizar la imagen de los menores, como lo que es: algo muy delicado.

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La cuesta que nunca acaba

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Tradicionalmente se ha hablado de la cuesta de enero, aunque tal y como están los tiempos casi habría que hablar de la cuesta que nunca acaba. Empieza en enero y en septiembre aún la estamos subiendo.

Las Navidades dejan tiritando muchos bolsillos, pero luego llegan las vacaciones, siempre merecidas y con gastos más o menos considerables. Y no quiere decir que nos embarquemos en un viaje de ensueño, no. Al fin y al cabo, a los niños hay que entretenerlos. Y, aunque no se viaje, la piscina, el cine y alguna que otra escapada acaban constando una pequeña fortuna.

Sin tiempo de recuperarse llega la que para muchos es la peor cuesta de todas: la ascensión de septiembre. Porque no es cuesta, es mucho más. El que tiene hijos lo sabe: la vuelta al cole es mucho más que dolorosa, sobre todo ahora, cuando a causa de los nuevos planes educativos no queda más remedido que comprar los libros. En muchos casos hay que olvidarse de eso tan socorrido de pasar los libros de unos a otros o pedirlos prestados. Sencillamente, no sirven.

Y lo peor es el precio, escandaloso. Que le digan a una familia media, con un sueldo tirando a bajo y un par de hijos que tienen que gastarse un mínimo de 200 euros en cada uno de ellos y solo en libros. Las cuentas no salen. Imposible, porque luego llega el material escolar, la ropa, los zapatos, las clases de inglés… Si eso cuesta, y mucho, con un sueldo decente, ni imaginar lo que es cuando se tienen menos recursos.

Pero no da tiempo a recuperarse, no. Que hay que ir llenando la hucha de nuevo para las Navidades. Eso si entre medias no nos la vacían los impuestos municipales, el seguro del coche o el de la casa.

¿Llegaremos alguna vez al final de la cuesta? Tal vez, o tal vez no, pero lo que está claro es que para sobrevivir hay que ser, por lo menos, economista y es fácil que las cuentas no salgan ni con la mejor intención del mundo.